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…Y eso del Bicentenario Marista, ¿qué decir?

…Y eso del Bicentenario Marista, ¿qué decir?

Se podría decir con cierta seguridad que, todo final del camino lleva a reflexionar sobre las maneras cómo se ha caminado.

Buscar en los propios orígenes las raíces comunes para todos. Cómo fueron los inicios, quiénes se dieron la tarea de dar la salida, qué circunstancias ayudaron a ser posible el camino y qué tropiezos obligaron a hacer ciertas paradas en el camino. También podríamos decir que, en la hechura de ese camino, la manera de ser de los caminantes y las propias circunstancias del mismo camino, fueron marcando, en gran medida, la llegada y el final del camino. Asimismo, las generaciones que dieron continuidad al camino, fueron preservando los tesoros y el lenguaje de su propia interioridad que ayudó a mantenerlas unidas en sus éxitos y en sus crisis hasta el final.

Esta realidad de celebrar el Bicentenario Marista, necesariamente nos ha llevado a preguntarnos sobre nuestros orígenes. A averiguar con gestos de atenta curiosidad y, por supuesto, con el apoyo de muchos elementos de investigación sobre la vida del Padre Champagnat y los Primeros Hermanos, que a lo largo de los doscientos años del instituto se han recreado y constituyen hoy unos enormes tesoros para proseguir el camino. Así, por ejemplo, cuando Marcelino terminó su existencia en medio de los Hermanos, quedaron sobrecogidos por el dolor de perder a un verdadero padre. El mismo que había dejado a un lado ciertas comodidades al inicio de su misión como coadjutor en la Parroquia de La Valla, para entregarse completamente al acompañamiento de sus primeros discípulos.

Si se puede referir en este contexto la palabra milagro, éste sería uno de los primeros. Sin este gesto de profunda y entrañable paternidad y maternidad de Champagnat por los jovencitos de aquel entonces, es posible que su proyecto hubiese terminado sin mayores aspiraciones. Tal vez no existiera la Comunidad de los Hermanos Maristas hoy, o si hubiera sobrepasado esas primeras dificultades, es posible que esos valores como pilares fundamentales sobre los que se dio una inspiración original de la fuerza del Espíritu de Jesús y la ternura de María, no hubieran tenido tanta relevancia, así como los atesoraron Marcelino y los Primeros Hermanos y los proyectaron con tanta fuerza para las generaciones futuras de Hermanos y Laicos, a través de la historia de la Congregación.

Así les escribía el Hermano Francisco a los Hermanos, para comunicarles la partida definitiva de su venerado Superior:

“Tendremos un protector menos en la tierra, pero lo será más eficaz y poderoso en el cielo, junto a la divina María, a la cual nos ha confiado al morir. Ahora nos corresponde a nosotros recoger y proseguir cuidadosamente sus últimas y conmovedoras instrucciones; hacerlo revivir en cada uno de nosotros por la imitación de las virtudes que en él admirábamos. Estará en medio de nosotros por su espíritu y, así lo esperamos, por la eficacia de su intercesión ante nuestra buena y común Madre”.

…Y los milagros de nuestros tiempos?

Así como hubo hombres y mujeres audaces en las primeras comunidades cristianas, que se fueron al desierto profundo para preguntarse por el sentido de sus vidas y las decisiones que tomaron, no fueron el reflejo de sus miedos, sino la proyección de sus propias fortalezas y sus esperanzas y lograron impactar al mundo; lo impactaron, no tanto por lo que hicieron, sino por lo que verdaderamente fueron. Y, eso fue lo que les pasó a Champagnat y los Primeros Hermanos Maristas, impactar la vida de los niños y los jóvenes, amándolos entrañablemente, y posteriormente, trabajar con pasión y especial esmero para hacer del niño y del joven un buen cristiano y un honrado ciudadano, haciendo camino con ellos.

Por eso, ante este nuevo comienzo, nuestro caminar de Hermanos y Laicos, estamos llamados a vivir nuestras vidas, “no como un juego de ajedrez donde todo se calcula, no como una competición donde todo es difícil, no como un teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta” (Madeleine Delbrel), en la que “sintamos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación...” (Evangelio Gaudium, 87). A nosotros, nos toca emprender el camino hacia un nuevo Bicentenario Marista con la fortaleza y la sabiduría que nos pide la vida y el mundo de hoy. Éstos serán, entonces, nuestros nuevos milagros, siempre con la ayuda de Dios, de María y Champagnat.

Antidio Bolívar Enríquez Oviedo.

Pasto, noviembre 24 de 2017.

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